primer-viaje

La mañana se abre paso a través de las cortinas en lo que promete ser un día soleado. Aún debe ser muy temprano pero mamá está despertando, bostezo sin ganas y levanto las orejas. Escucho su voz y mi corazón comienza a latir muy fuerte. Me acaricia, me besa, y yo respondo con fuertes lengüetazos.

 

Los cascabeles de mi collar suenan tras ella, no ha parado de moverse por toda la casa. Parece que hoy ocurrirá algo importante. Papá y mamá se ven felices. Bolsas, maletas, cobijas… Un momento: ¿Comida? ¡También quiero ir ahí!

 

 

En cuanto veo que la puerta del carro se abre, entro de un salto, me acuesto en la silla usando mi más efectiva forma de manipulación: lanzarme de panza. Mi mamá ríe y creo que mi técnica es exitosa, pues en lugar de hacer que me baje acomoda mi camita en el sillón trasero. No puedo ocultar mi alegría, bato la cola y me muevo de ventana a ventana tratando de descubrir hacia dónde nos dirigimos.

 

Papá abre las ventanas y me inunda una avalancha de sensaciones distintas, el viento en mi cara, el calor del sol y un sinnúmero de aromas interesantes. Siento que huele a miles de perros, sonidos diferentes, animales enormes, las ramas de los árboles acarician mi nariz y el sonido de los pájaros me recuerda a mamá Celia y la colina donde nací.

 

Salto por la ventana y comienzo a recorrer este lugar desconocido pero hermoso. Un perrito llamado Chocolate sale a recibirme. Nos miramos fijamente, lo analizo, olfateo sus intenciones y en cuestión de segundos comenzamos a jugar y a correr por la pradera. Creo que acabo de conocer a mi mejor amigo.

 

Corro sin parar por el prado y Chocolate me sigue, siento que hemos avanzado mucho. El paisaje comienza a tornarse desconocido, los olores cambian y me detengo un momento para observar a mi alrededor. Ya no escucho la risa de mamá, ni el maullido de los gatos, ni los pequeños estallidos del fogón de leña. Chocolate y yo nos miramos. ¡Estamos perdidos! Trato de regresar buscando mi rastro, pero en algún punto del camino me distraje. Mi compañero me sigue, aunque camino sin rumbo. La luz del sol comienza a perder su intensidad, los cantos de los pájaros son reemplazados por el croar de las ranas y las tenebrosas voces de los búhos. Extraño a mi familia… Nunca había sentido tanto miedo en mi vida… 

 

Debes leer --> Con tinta en los bigotes

También --> Paco, un criollo muy Pastor


 

 

En Ciudaddemascotas.com te recomendamos estos productos