historias de adoptados

 

Mientras cuenta las monedas que ha recibido toda la mañana, Alex  mira de reojo a Coffee quien también lo mira, concentrado en el movimiento de sus dedos apilando las monedas en montoncitos de mil. Coffee parece intuir que aquel movimiento y ese sonido agudo que genera el choque entre monedas, significa algo especial para los dos: comida.

Una vez que termina de contar sus monedas, Alex las guarda en uno de los bolsillos de su pantalón y vuelve a su labor. Toma una escoba ajada por el tiempo —los años—, y continúa barriendo sobre el puente; Coffee permanece quieto mirando los carros pasar debajo de él. En un momento, el vaivén de Alex con la escoba coincide rítmicamente con los movimientos alternativos que Coffee hace con su cola. —Así de unidos parecen estar, incluso por el azar— pienso.

—Es que… un día una señora que pasaba cerca del Portal de la 80 venía como con siete perritos, así de chiquitícos. Yo le dije que  ¡Ay, tan bonitos esos perritos!, y la señora me dijo que si me quedaba con uno. Y a mí como siempre me han gustado los perros, le dije que sí. Entonces escogí a Coffee… No sé, por lo bonito y lo chiquito. Era tan chiquitíco, así como la cabeza de él de grande — afirma Alex, mientras deja su escoba a un lado  y acaricia a Coffee en el lomo y en sus flancos. 

Alex tiene treinta y dos años y Coffee—un perro de raza criolla o mestiza— tienes diez meses. Ambos trabajan en uno de los pocos puentes de cemento que aún hay en Bogotá, realizando el aseo porque como dice Alex, el Gobierno no barre los puentes, y él lo hace por no quedarse en la casa viendo televisión y sí mejor hacer algo.  Desde hace cinco años se ubica todos los días en el puente de la Calle 80 con 102.Uno de los últimos puentes peatonales antes de salir de Bogotá por el occidente. Todo esto en la localidad de Engativá.

Coffee y Alex se conocieron para el cumpleaños de la tía de Alex, en febrero de este año, por lo que asegura fue el regalo de Navidad y un regalo para su tía. —Pero no tanto para ella, más para mí— agrega sonriendo.

 Entre tanto, Coffee de temperamento vivo y juguetón curiosea con los transeúntes del puente y más cuando están acompañados de algún perro. Generalmente levanta un poco su cola, y comienza a husmear a su similar desconocido. — Ahora le estoy enseñando a que no moleste a las personas, mira, a que no se vaya detrás de los perritos. Entonces… yo no le pego, pero me toca hablarle fuerte, ¿sí ves? — Me explica Alex, mientras llama a Coffee y lo reprende tímidamente al ver que intenta poner sus fuertes manos sobre un pequeño pinscher, cuyo dueño, una señora de ojos nerviosos, no tiene más remedio que halarlo de su correa y continuar cruzando el puente abrazando fuertemente a su mascota—.

En principio la llegada de Coffee a la casa de Alex no fue bien vista. Sin embargo todo cambió cuando su mamá— así como le dice Alex a su abuelita, pues ella ha sido como su mamá— y su tía, vieron al pequeño animal que él llevaba entre sus brazos. El color de pelo de Coffee — amarillo quemado con tintes negros — y su diminuto tamaño, hicieron que mamá y tía dejaran las críticas a un lado y quisieran colocarle cariñosamente el nombre “Abejón”.

— Bueno, y por qué Coffee y no Abejón — le pregunta uno.

 —Es que en ese tiempo en la casa vivían dos niños,  un niño de diez años y una niña de seis; con ellos jugábamos con Coffee y todo… Luego pensamos un nombre y ese me gustó.

Para Alex, Coffee ha sido una bendición de mucho compromiso y responsabilidad. Dos veces su perro ha estado muy cerca de morir. La primera vez —cuenta—  fue cuando Coffe tenía 4 meses. Alex acostumbraba sacarlo y permanecer con él todo el día por la calle. Coffee aún no contaba con las vacunas necesarias y seguramente entró en contacto con un perro positivo a parvovirus. En los siguientes días, el perro cayó en un sopor y en tal estado de emaciación, que Alex desesperado lo llevó a una clínica veterinaria, ubicada a unos cuantos metros del puente.

— Ahí me lo salvaron… ¡Huy! Yo estoy muy agradecido con ese doctor y la doctora. Y es que uno tiene que ir a dooonde sea por salvar al perro, así sea tres veces llevarlos, ¿sí pilla? Tres veces al día. Hacer lo que ssseea…

La segunda vez, dentro de su comportamiento natural de cachorro, Coffee se dio un banquete comiendo gran parte del papel de un rollo de baño. Tiempo después, Alex lo encontraría babeando y cabizbajo, situación que lo alarmó y lo obligó a llevarlo de inmediato a una fundación donde según él: lo ven a uno así y lo atienden gratis. Allá llegó un momento en el que pensó que Coffee se iba a morir, y creía que él con sus ojos le decía que lo dejara ir. Pero, incluso así, Alex se aferró a él, lo abrazó y en ese instante el perro vomitó una masa verde seguida de arcadas fuertes y sonidos hasta ahí extraños para Alex. —Así. Como un viejito vomitó… Tal cual. Como un viejito—.  Comenta Alex, al tiempo que recrea el movimiento de las arcadas empinando ambos pies y moviendo sus manos desde el estómago hasta su boca. Coffee se recuperaría días más tarde.

Tras una breve pausa, pues sus ojos empiezan a llenarse de a poco de lágrimas, Alex ve que su perro se acuesta en el borde del puente como en posición faraónica: su vientre pegado al suelo, sus brazos extendidos en su totalidad, y sus piernas rígidas pero flexionadas a un ángulo de cuarenta y cinco grados, perfectamente alineadas con sus brazos. Su cabeza y cuello erguidos— como la esfinge egipcia—, pero con sus orejas dispares: una levantada y dócil,  la otra agachada y rebelde.

adoptar un perro

Llega un momento en el que los ojos de Alex no aguantan más y sueltan dos lágrimas que dejan dos rastros brillantes en sus mejillas. Se limpia rápidamente —no por pena— sino por el cachorro, quien se ha puesto en cuatro patas, se alerta al olfatear de seguro, algo de comida, pues un señor avanza cruzando el puente con bolsas de supermercado en ambas manos.

— ¡Cofffeee!

 — ¡Cofffeeeeeeee! — Alza la voz, para después atajar al perro que asedia al peatón—. El señor de las bolsas le da una moneda a Alex por esta acción, y él la guarda, sin mirarla, en uno de sus bolsillos.

 — Si…Y todo lo que me dan en el día, veinte mil… treinta mil…cuarenta mil, todo es pa´ ayudar en la casa y la mitad de lo que me den es pa´él ¿sí? Pa´ Coffee. Mejor dicho, que a mí me pase algo, pero a él no…A mi perrito no — asevera.

Y no es para menos. Cualquier persona puede ver el amor recíproco que hay entre los dos. Alex es un personaje conocido de la zona que siempre ha andado con amigos peludos al lado; y como no tiene novia, ni esposa, y mucho menos hijos, dice que no hay mejor compañía que la de un perro. La gente lo reconoce y lo ayuda. Ha recibido bolsas de concentrado de personas intrigadas del excelente estado de salud de Coffee. Y Alex es muy celoso en eso, en mantener a su perro  prácticamente mejor que a él. Regularmente asea su cama,  cada noche le hace un masaje diferente, le lava su boca todos los días y antes de salir a trabajar— a las seis en punto de la mañana—  lo peina mientras le agradece poder estar compartiendo esos momentos con él.

Luego, Alex vuelve a dirigirse a mí. — Sabes… A veces dormimos juntos, el problema es que ya no cabemos en la cama, jajajaja— afirma jocoso.

Coffee tiene diez meses pero parece de dos o tres años. La primera vez que Alex lo vio, no pensó que fuera a crecer tanto. En este momento, Coffee nada tiene que envidiarle en pelaje, altura y masa corporal a un Pastor Alemán o incluso a un Dogo Argentino.

— Y es que es rrreelindooo. Míralo, ¿no?

­— Sí, es muy lindo— le contesto.

Coffee se acerca a mí y comienzo a acariciarlo en su cuello. Intento tomarle una foto, pero es difícil pues lo que quiere es jugar. Empieza a morder mi mano de forma pícara pero suave. Coffee es un cachorro, sus movimientos son fuertes y toscos, su comportamiento travieso y curioso. Le gusta fisgonear en las basuras y comer alguno que otro alimento de dudosa procedencia. A Alex le incomoda que haga eso y por eso, en algunas ocasiones, le habla lo bastante fuerte para que entienda. Pero él lo hace por amor a Coffe, aclara. Todos los días sin falta hay consejos, regaños, gritos o chiflidos; porque para Alex, su perro es un niño, como un hermanito al cual hay que guiar.

— Eso hay veces que lo regaño y él se hace ahí como bravo. — Alex señala con sus labios el lugar donde reposa Coffee echado—. Y continúa: él se hace ahí…y…y…me mira así ¿sí?, bravo. — Alex ejemplifica su idea bajando la cabeza, frunciendo el ceño y levantando la mirada, dirigiéndola a mí fijamente. Después que me explica, levanta la cabeza, relaja el entrecejo y sonríe­—.

Alex es consciente de la inteligencia de los perros. Afirma que ellos son más inteligentes que las personas o como lo expresa: — Esos manes son rreeeinteligentess, otra cosa es que se hacen los que no escuchan. Pero ellos saben todo, están pendientes de todo, ellos presienten. Ellos son rrreinteligentes. ¿No has visto que ellos cuando se va a morir una persona en una casa, se muere el perrito primero o se enferma? Sí ves…Por ejemplo en mi casa…Es que mi vida ha sido…re áspera, re… re misteriosa —dice Alex, algo tímido y queriendo obviar alguna situación de su vida que tal vez sea mejor no recordar—.

 — ¿Crees que Coffee y tú, debían conocerse en algún momento? — indago—.

— ¡Siii! Claro. Eso estaba, precisamente, yo hablando con él esta mañana. Le decía ¡hey! Coffee, mira, por algo estamos los dos. Él estaba durmiendo en la cama conmigo. Y me puse a lavar la ropa y él siguió durmiendo y…él me escucha, él es mi compañero y yo le agradezco a Dios que está a mí lado. Es que…él es Dios…mmm… mejor dicho…Es Dios representado en él, Dios representado en Coffee, ¿sí?

Noto que la vida de Alex es feliz. Sin duda, su perro le da un mayor significado a su vida. Si bien existen limitaciones económicas en su casa y su mamá y su tía no pueden colaborarle ampliamente para las necesidades de Coffee, él entiende que la responsabilidad es suya.

Alex vuelve a coger su escoba y raspa el piso con fuerza y vigorosidad. Se queda un momento mirando el suelo polvoriento, quieto, a lo mejor recordando alguna historia que no quiere olvidar.

—Cuando estamos en la casa, a él le gusta cuidar a mi mamá, ver televisión…Y…Hay algo rico…y es que él me calienta los pies. Se me acuesta en los pies y eso me gusta muuucho. Dice esto al tiempo que mueve la cabeza en rápidas subidas y bajadas, y dibuja una buena sonrisa en su boca.

Alex sigue barriendo y Coffe lo sigue con su mirada. Pasan cerca algunas personas, a las que Alex saluda muy respetuoso, les da el buenos días y un gracias, por si sacan alguna moneda para él. La vida de Alex y su perro es la calle, el puente que los recibe todos los días, los dueños de los negocios ambulantes o chazas, el ruido de los carros, los perros que pasan y la escoba que descansa  sobre una columna del puente.

 A propósito — me habla Alex—, por ejemplo… Yo ya lo veo a él puro viejito. O sea, quiero que llegue a viejito. Para eso lo cuido a él. Puede ser que se enferme o  no sé…Pero, por ejemplo, que lo atropelle un carro o se me pierda, pues no. Porque para eso estoy yo ¿Sí?

Luego converso con Alex sobre la posibilidad  que llegue el día en el que se separen y a lo mejor en “otra vida” vuelvan a encontrarse. Por lo que me responde tajantemente exclamando:

 — ¡Sí, se lo juro que sí!­ Uno se encuentra con él en el cielo y allá le va a decir a uno por qué me trato así o gracias por haberme tratado así…Yo no quiero tratarlo mal pero, si pilla, pero a veces no me hace caso, no me hace caso. Eso es lo que me pone así…— Repasa una mano sobre sus cejas, y se cubre con ligera vergüenza el rostro—, pues me toca tratarlo fuerte. Pero el man sabe…  Yo le hablo mal y soy grosero, pero él sabe que yo lo quiero. Por algo estamos los dos. Si no, él ya se hubiera ido, por algo está al lado mío ¿cierto? Y por eso yo estoy al lado de él. Porque él es mí amo. ÉL… ES MI AMO. — Dice esto último balaceando ambos brazos hacia adelante y hacia atrás, como un niño que ha sabido disfrutar de algo, y lo ha terminado­—.

Cuando bajo del puente y me retiro de allí, Alex está nuevamente contando sus monedas. Coffee parece ver algo que le atrae y corre al extremo contrario del puente. Alex observa que va a intentar jugar con unas personas; entonces con escoba bajo el brazo y concentrado en sus monedas, comienza a caminar hacia donde él está, casi sin mirar. Luego ve que su perro intenta poner las manos sobre el pecho a una de las personas; ahí guarda sus monedas y acelera el paso.

 — ¡Coffeee, Coffeeee!, grita.

Y así todos los días.