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Capítulo V, un día y una noche sin ella 

 

Megara me observa con sus grandes ojos verdes, vacíos y llenos de dolor. La visita al veterinario se ha llevado el rastro de alegría que había en sus ojos, y sus patitas casi sin pelo están llenas de las marcas que dejan los medicamentos. Mamá me ha traído a verla esperando que al estar junto a mí recupere la vitalidad, pero ella solo me mira impávida a través de la reja. Los aromas me inquietan, algo en este lugar me produce una sensación de vacío, siento miedo y deslizo mi pata por la reja para pedirle a mamá que la libere, la miro con angustia y me invaden las ganas de llorar.

 

Mi vida antes de Megara ya era feliz, pero desde que llegó a casa se ha llenado de color, y tan solo una noche sin tenerla cerca para dormir se hace eterna. Mi Megara me observa inexpresiva, por algunos instantes siento miedo de que no sea realmente ella. Olfateo la jaula y sus cosas, y la reconozco bajo esa nube de aromas desagradables.

 

Quiero saber qué le pasa, por qué no me mira como antes, qué le arrebató las ganas de jugar. Me tiendo frente a la jaula con mis manos hacia adelante y las orejas erguidas, mi mirada se clava en su cuerpo y comienzo a llorar buscando un movimiento, un maullido, algo que me confirme que es mi Megara quien se pierde entre tubos y olores extraños. Mamá la acaricia y me mira con una sonrisa casi imperceptible, se dirige a mi y su voz entra en mis oídos como un hilo de esperanza.

 

El señor que siempre me ofrece galletas se acerca despacio, en sus manos no hay nada para mi, solo algunos papeles posiblemente portadores de noticias. El médico acaricia mi cabeza y conversa alegremente con nuestros humanos. Mamá y papá sonríen, estrechan su mano y me retiran del camino para abrir la puerta de aluminio que me separa de ella, la levantan con cuidado y la liberan de todo lo que la retiene lejos de mi, sus orejas se levantan y sus ojos se abren… entonces, de sus labios sellados sale un fuerte maullido que me devuelve a la vida, se siente como el regreso de la reina del hogar, mi otra mitad, a la que pensé que había perdido para siempre. Nos vamos a casa.

 

Camino a casa descubro que algo en ella es diferente. En medio del desagradable aroma a hospital y esa inmensa campana que oculta sus orejas, la encuentro serena y frágil. La visión me trae recuerdos, al igual que yo, Megara ya nunca será mamá. Le ha costado un día y una noche sin nosotros y una cicatriz casi imperceptible, pero ahora podrá salir conmigo a jugar sin miedos; no traerá al mundo bebés a luchar por encontrar un hogar en un mundo en el que escasean humanos como los nuestros. Bajamos del carro frente al pórtico y decido que no la perderé de vista, esta vez no me la quitarán. Camino con torpeza hacia nuestra casa tratando de esquivar obstáculos escoltando su llegada. Ella sabe que ahora está a salvo y sus maullidos llenos de vida se esparcen por todas las esquinas de la casa.

 

Megara puede estar en cualquier lugar de la casa, pero elige mi cama para descansar. Trato de hacerme pequeño y ubicar mis 25 kilos de amor en un pequeño espacio a También puedes lersu lado mientras ella parece de juguete, se estira y se acomoda sin dejar de mirarme y dejando escapar un leve maullido de vez en cuando. Después de pasar una noche en vela esperando su regreso, el sueño me vence. Buenas noches hermanita.

 

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